El silencio en el despacho era tan pesado que parecía tener masa física. Las paredes, revestidas de maderas oscuras y cargadas de la historia de los Briston, parecían cerrarse sobre Arthur. Él miraba fijamente la carpeta sobre el escritorio, temiendo que, al abrirse, su realidad se desintegrara por completo. Joe y Abigail intercambiaron una mirada cargada de una culpa antigua, una que habían arrastrado durante meses como una sombra.
Fue Joe quien rompió el silencio, su voz era un susurro ronco