El aroma a pólvora todavía flotaba en el aire del vestíbulo, mezclándose con el olor metálico de la sangre de Nico que los empleados intentaban limpiar de la alfombra. La casona Briston, aquel bastión de poder que durante décadas había parecido inexpugnable, lucía herida. Los cristales rotos crujían bajo las botas de los oficiales de policía que caminaban de un lado a otro tomando declaraciones y fotografías.
Nico había sido trasladado en ambulancia. Se fue sin emitir un solo quejido, con el ro