El frío de la libertad condicional no era lo que Arthur Briston esperaba. Al cruzar el umbral de la prisión, el aire de Londres no le supo a redención, sino a metal y miedo. Un coche negro, enviado por su madre, lo esperaba en la acera. No hubo abrazos, no hubo palabras de consuelo. Solo un sobre con pasajes aéreos y un conductor silencioso que lo escoltó hasta la mansión que solía llamar hogar.
Al llegar a NY, se fue directo a su casa, la propiedad lucía extrañamente desierta. Las luces del ja