El estruendo de la sirena de la ambulancia se alejaba por la entrada de la mansión, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el ruido. Joe entró en la casa con la respiración entrecortada, el abrigo desabrochado y la mirada desencajada. Lo primero que vio fue a Abigail sentada en la penumbra del gran salón, abrazando a Cael con una fuerza que parecía querer fusionar sus cuerpos. El niño dormía, ajeno al caos, pero Abigail tenía los ojos fijos en el vacío, como si estuviera viendo fanta