Arthur Briston estaba hirviendo. Su oficina era una jaula de cristal en la esquina del piso ejecutivo, un espacio elegante con vistas impresionantes a la ciudad, pero pequeña. Demasiado pequeña para un hombre que creía merecer la presidencia del Briston Group.
Apenas una hora antes, había tenido que soportar la humillación final. Roberto Briston, el patriarca, el hombre de setenta años con la voluntad de acero, había convocado a la junta para una declaración. No era una dimisión, sino una reafi