El viaje por tierra desde Nueva York hasta Montana había sido una purga necesaria. Las interminables franjas de asfalto, los cielos vastos y el aire seco y frío de las Montañas Rocosas eran el antídoto perfecto para la asfixia de mármol y jerez de la Mansión Briston. Joe condujo durante días, con el motor rugiendo como un latido constante, sintiendo cómo el peso de la ciudad se desprendía lentamente.
Había dejado atrás a Abigaíl por segunda vez, pero esta vez, ella le había dejado una herida quirúrgicamente limpia. La palabra cobarde.
Al llegar a su rancho, la sensación de familiaridad fue un bálsamo. El aire olía a pino, tierra mojada y heno recién cortado. Los vaqueros lo saludaron con genuino afecto, sin los reverentes y vacíos modales de los empleados Briston. La vieja Nana, que había cuidado de él desde niño, lo recibió con un abrazo apretado y el inevitable regaño por haber adelgazado. El plato de carne con chile y tortillas que le preparó fue un recordatorio tangible de que, en