El aire en Iron River había cambiado. Ya no olía a la desesperación de los meses anteriores, sino a leña quemada, a tierra fértil y a ese aroma lácteo y dulce que solo emana de un recién nacido. Sin embargo, para Roberto Briston, el patriarca cuyo nombre todavía hacía temblar las bolsas de valores de Nueva York, el aire se sentía pesado. Había llegado a Montana con el corazón dividido: la alegría de un nuevo bisnieto se mezclaba con la sospecha persistente de que la historia que le habían contado tenía demasiadas fisuras.
Joe lo recibió en el porche. Roberto observó a su nieto. Joe no tenía la mirada altiva de Arthur, ni su pulcritud estudiada. Tenía las manos curtidas y una serenidad que parecía forjada en el fuego.
—Abuelo —dijo Joe, estrechando su mano con firmeza—. Pasa. Abigail está dentro con el niño.
Roberto asintió, su bastón golpeando el suelo de madera. Al entrar, vio a Abigail sentada cerca de la chimenea. La luz del fuego bañaba su rostro, otorgándole una cualidad de madon