El aire en Iron River había cambiado. Ya no olía a la desesperación de los meses anteriores, sino a leña quemada, a tierra fértil y a ese aroma lácteo y dulce que solo emana de un recién nacido. Sin embargo, para Roberto Briston, el patriarca cuyo nombre todavía hacía temblar las bolsas de valores de Nueva York, el aire se sentía pesado. Había llegado a Montana con el corazón dividido: la alegría de un nuevo bisnieto se mezclaba con la sospecha persistente de que la historia que le habían conta