La biblioteca seguía oliendo a Bourbon rancio y a una furia que se negaba a disiparse. Tras la salida de Roberto, Arthur no se quedó quieto. El veneno de las palabras de su abuelo, aquella amenaza de despojarlo de su herencia y de su nombre, actuó como un acelerante en su cerebro ya perturbado por la psicosis y el alcohol. No podía permitirlo. No después de todo lo que había sacrificado, de toda la sangre que había manchado sus manos.
Se puso en pie, tambaleándose, y salió al pasillo. Roberto s