Londres en otoño era un mausoleo de piedra gris y niebla perpetua, un escenario que Arthur Briston encontraba sumamente adecuado para su temperamento. Sentado en su estudio de Belgravia, rodeado de estanterías que albergaban tratados legales y registros de propiedades que se extendían desde el Támesis hasta el Pacífico, Arthur se sentía el arquitecto de un nuevo orden mundial. Para él, las personas eran vectores de utilidad; la moralidad, un estorbo para los débiles; y la familia, una estructur