Londres en otoño era un mausoleo de piedra gris y niebla perpetua, un escenario que Arthur Briston encontraba sumamente adecuado para su temperamento. Sentado en su estudio de Belgravia, rodeado de estanterías que albergaban tratados legales y registros de propiedades que se extendían desde el Támesis hasta el Pacífico, Arthur se sentía el arquitecto de un nuevo orden mundial. Para él, las personas eran vectores de utilidad; la moralidad, un estorbo para los débiles; y la familia, una estructura de control que debía ser podada con precisión quirúrgica.
El telegrama no llegó por el correo oficial de la compañía, sino a través de un canal secundario: un informante en la oficina de telégrafos de San Francisco que cobraba más por su silencio que por sus noticias.
Arthur deslizó el abrecartas de plata por el sobre. Sus ojos recorrieron las palabras mecanografiadas con una rapidez depredadora.
“OBJETIVO CLARA SMITH FALLECIDA COMPLICACIONES PARTO. INFANTE FALLECIDO. REGISTRO CIVIL SAN FRANCI