El amanecer en Iron River tras la noche de la boda fue de una calma casi irreal. El aire frío de la montaña traía consigo el aroma de la lluvia lejana y la madera quemada de la hoguera que se había extinguido lentamente bajo la vigilancia de las estrellas. Abigail despertó en los brazos de Joe, sintiendo por primera vez en años que el peso del apellido Briston ya no era una cadena, sino una herencia que ellos mismos empezarían a redefinir.
Sin embargo, a miles de pies de altura sobre el Atlántico, el ambiente era diametralmente opuesto. El jet privado de la familia Briston cortaba las nubes con una eficiencia mecánica, transportando a Arthur y Linda hacia su nuevo reino.
Linda observaba su reflejo en la ventanilla, retocándose un maquillaje que no necesitaba corrección. Estaba exultante. Había logrado lo que consideraba una victoria magistral: convencer a Arthur de que Londres era el lugar donde finalmente serían intocables.
—¿Te imaginas, Arthur? —dijo ella, saboreando una copa de ch