Una semana había transcurrido desde que se selló el pacto del silencio en Iron River. La atmósfera en el rancho había mutado de una tensión defensiva a una actividad febril, pero alegre. Joe había dispuesto que el granero principal fuera limpiado y decorado con guirnaldas de luces blancas y flores silvestres que crecían cerca del arroyo. No habría orquestas, ni alfombras rojas, ni prensa; solo el sonido del viento del desierto y la presencia de aquellos que habían arriesgado todo por su lealtad.
Abigail se encontraba en la habitación de invitados, ayudando a Clara a acomodarse. Clara tenía días mejores que otros, y hoy, la vitalidad parecía haber regresado a sus ojos. Mientras Abigail planchaba con cuidado el vestido de seda sencillo que usaría para la ceremonia, Clara la observaba en silencio, con una mezcla de admiración y melancolía.
—Te ves radiante, Abigail —susurró Clara, rompiendo el silencio—. Hay una luz en ti que no depende del sol. Es la paz. — Abigail dejó la plancha y se