Mientras la ciudad de Nueva York se encendía bajo un manto de luces eléctricas, la casona de los Briston en las afueras se mantenía como un remanso de paz sepulcral. En la tercera planta, lejos del estruendo de los motores de lujo y el murmullo de la alta sociedad que comenzaba a congregarse en el lobby del edificio que ocupaba Briston Group, la habitación de juegos de Cael era un mundo aparte. El pequeño, ajeno a las intrigas de poder y a las guerras de ego de los adultos, se encontraba sentad