La gala anual no se celebraba en una residencia privada, sino en el corazón palpitante del imperio: el recibidor de la sede principal de Briston Group en el centro de Manhattan. Era un espacio catedralicio de acero, vidrio templado y granito negro que se elevaba varias plantas sobre el nivel de la calle. Bajo el techo de cristal que permitía ver los rascacielos circundantes como gigantes vigilantes, el aire estaba saturado de un magnetismo pesado. Abigail caminaba entre los invitados sintiendo