La mansión de los Briston, una imponente estructura de piedra y cristal que solía vibrar con el eco de negociaciones millonarias y pasos apresurados de asistentes, se había sumido en un silencio reverencial. Joe Briston, con la determinación de quien protege el tesoro más valioso de un reino, había decretado un embargo absoluto sobre el mundo exterior. Durante cuarenta y ocho horas, los teléfonos fueron silenciados, las agendas canceladas y las puertas de hierro de la propiedad permanecieron ce