La suite de Adriana en el Park Lane era un monumento al exceso y, en ese momento, a la derrota. Las cortinas de seda permanecían cerradas, bloqueando la vibrante vida de Central Park, mientras ella caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada. El rastro del golpe de Abigail todavía ardía en su mejilla, pero no era el dolor físico lo que la estaba consumiendo, sino el vacío.
Adriana se detuvo frente al espejo de cuerpo entero. Siempre había sido la mujer a la que nadie decía que no. Su be