El ruido de la ciudad de Nueva York siempre parecía detenerse justo antes de que Joe Briston cruzara el umbral de su ático. Fuera quedaban las sirenas, el eco de los mercados bursátiles y la tensión de las juntas directivas. Al cerrar la puerta tras de sí, el aire cambiaba; olía a sándalo, a ropa limpia y a la esencia inconfundible de su familia.
Joe dejó su maletín en la entrada y se quitó la chaqueta del traje, desabrochando los primeros botones de su camisa mientras caminaba en silencio haci