La luz de la mañana en la residencia Briston solía ser cálida, un refugio de paz que Abigail había construido con esfuerzo para proteger a Cael del ruido del mundo exterior. Pero ese silencio sagrado se había roto. Ahora, el aire de la cocina, habitualmente impregnado del aroma a café recién hecho y pan tostado, se sentía denso, cargado con el perfume importado y la presencia imponente de Arthur Briston.
Arthur no llegaba simplemente; él colonizaba el espacio. Se sentaba a la mesa con una elega