La noche había caído con un peso extraño sobre la ciudad. Tomás atendió el llamado de Rosario sin imaginar lo que aquella reunión terminaría despertando en él. La mujer lo esperaba en su departamento, vestida con una camisa blanca apenas abrochada, copa en mano y mirada encendida. Tenía información —eso dijo—, pero también tenía algo más: un deseo contenido que había ido creciendo desde el día que Tomás apareció en su vida con preguntas peligrosas.
—Gracias por venir —murmuró Rosario, acercándo