El cuerpo de Mauricio yacía en el suelo, sus ojos abiertos y fijos en el techo del matadero, sin vida. La sangre se extendía lentamente por el concreto húmedo, formando un charco que parecía absorber la poca luz que quedaba en el lugar. El eco del disparo todavía vibraba en las paredes oxidadas cuando Cristóbal lanzó un alarido cargado de furia y miedo.
—¡Maldición! —gritó, retrocediendo con la pistola en mano.
Pero no fue hacia Tomás y Elizabeth a quienes apuntó, sino hacia la salida trasera d