El humo del cigarro flotaba como una serpiente perezosa entre las penumbras del despacho. La habitación era pequeña, con paredes cubiertas de madera vieja y una sola ventana tapada por una cortina gruesa. El reloj marcaba las 02:43 de la madrugada, pero ninguno de los dos hombres allí presentes parecía tener prisa. Para ellos, el tiempo no funcionaba igual. Lo medían en sangre, en secretos, en control.
Cristóbal Acuña, el excomisario, se acomodó en el sillón de cuero con un vaso de whisky en la