La lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas, y las luces anaranjadas de los postes apenas alcanzaban a iluminar las calles húmedas y desiertas. Tomás y Elizabeth permanecían dentro del coche, estacionados frente a un edificio en ruinas que solía ser una fábrica de textiles. El silencio entre ellos era espeso, cargado de pensamientos que ninguno terminaba de poner en palabras. Hasta que Tomás lo rompió.
—Tenemos que dejar de correr a ciegas —dijo, su voz grave, mientras giraba el volante con l