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El amanecer entró por la rendija de las persianas como quien no quiere hacer ruido, y encontró a Ximena sentada en el borde de la cama con los pies en el suelo y la mirada en ningún lugar concreto. No había dormido mal. Había dormido poco, que es distinto: el cuerpo descansado, la cabeza sin soltar la guardia ni un momento.

Se duchó con el agua más fría que pudo tolerar. Era un hábito viejo, de cuando aprendió que el

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