El balcón era pequeño. Lo suficientemente pequeño como para que el aire que Ximena necesitaba con urgencia no terminara de llegarle.
Se había escapado del umbral donde Darien la había dejado —con los labios todavía húmedos y el pecho funcionando a destiempo— sin mirarlo. Sin decir nada que no fuera el sonido de sus pasos sobre el piso de madera, ese ritmo apresurado que ella misma reconoció como fuga. Como el tipo de huida que uno monta cuando sabe que quedarse es más peligroso.
La noche de San