En la cima del promontorio rocoso, Héctor veía a Elena acercarse con la mirada perdida. Caminaba como un robot, controlada a distancia. En su mente, la voz de Nix intentaba liberarse, pero el poder de su padre la mantenía atrapada.
—Bienvenida a casa, hija —dijo Héctor, con una sonrisa falsa.
Elena no respondió. Su mirada estaba fija en la nada, y su cuerpo se movía solo. El lobo que había despertado en ella parecía silenciado.
Héctor extendió una mano y acarició su mejilla con suavidad, pero s