Los días siguientes a la llegada de Héctor Valdez al valle de Luna Blanca transcurrieron con una calma engañosa. A simple vista, todo parecía tranquilo, pero bajo la superficie se movían corrientes de tensión, silencios cargados de preguntas y emociones contenidas.
El lobo solitario había sorprendido a todos con su comportamiento. No se mostraba altivo ni dominante, no buscaba el centro de atención. Se movía con una serenidad calculada, respetando los espacios y las jerarquías. Caminaba por los