La carta de Ian llevaba semanas guardada en el cajón del escritorio de Darian. Cada vez que él la leía, Elena notaba cómo se tensaban sus hombros y cómo su respiración cambiaba. No discutían de ello, pero ambos sabían que la respuesta no podía posponerse por más tiempo.
Una mañana, Darian cerró el cajón con un golpe seco.
—Mañana parto —anunció.
Elena dejó la jarra de café sobre la mesa.
—¿Solo?
—No. Contigo. Y con Rurik. Si voy solo, Ian buscará una excusa para venir aquí. No voy a permitir qu