“Eres mío… mi rey.”
Esas palabras me rompieron por dentro. Nadie jamás me había llamado así sin miedo, sin odio, sin burla. Para todos yo era una bestia, un error que debía ser contenido. Pero ella… ella me miraba con esos ojos encendidos, sin apartar la vista de mí, y me devolvía lo que el mundo me había negado desde el primer aliento: respeto.
No pude contenerme. La besé con hambre, con rabia, con el deseo acumulado de todas esas noches en las que me habían encadenado como un animal. Sus labi