La luz del amanecer se filtraba entre los pliegues de la manta que Miriam había colocado sobre ellos, colándose en la estancia como un suave resplandor dorado. Elena se removió entre los brazos de Darian, gimiendo apenas, como si cada músculo de su cuerpo recordara la intensidad de la noche anterior. Sus pestañas temblaron antes de abrir los ojos y lo primero que vio fue el perfil de su rey, de su lobo, mirándola en silencio, como si no se permitiera apartar los ojos de ella.
Él estaba sentado