La noche del tercer día después del muelle viejo llegó cargada de electricidad.
El cielo estaba negro, sin estrellas, solo una luna roja y gorda que colgaba baja como una herida abierta. El viento traía olor a sal y a metal oxidado desde el puerto. Dentro de la fortaleza, el silencio era tan denso que se oía el latido de cada corazón.
Yo estaba en la torre oeste, con la katana apoyada en el alféizar y la pistola de papá en la cintura. El anillo de Irina brillaba en mi dedo como un ojo acusador.