La lluvia había cesado, pero el aire seguía húmedo y pesado, como si la noche se negara a soltar su agarre.
Killian y yo bajamos al salón principal al amanecer. El vestido rojo colgaba de mí en jirones, pegado a la piel por la sangre seca y el sudor de la batalla. La katana, aún tibia por el uso, golpeaba contra mi espalda con cada paso. Killian cojeaba de la pierna herida, pero su mano apretaba la mía con una fuerza que no dejaba lugar a dudas: no me soltaría. Nunca más.
Papá estaba de pie jun