El amanecer llegó como una bofetada fría.
Filtrándose por las grietas de las persianas como si le diera vergüenza mirar lo que había quedado de la noche. La habitación olía a sudor, sangre seca y sexo crudo. Las sábanas estaban arrugadas y manchadas: el rojo oscuro de heridas abiertas, el blanco pegajoso de lo que habíamos derramado el uno en el otro, las marcas de uñas que parecían mapas de guerra en la espalda de Killian.
Me desperté primero.
Killian dormía boca abajo, con el rostro hundido e