El sol ya estaba alto cuando bajé de la torre por segunda vez esa mañana. El aire dentro de la fortaleza se sentía más pesado, cargado de ese silencio que precede a las decisiones difíciles. Killian se había quedado dormido otra vez, agotado por el esfuerzo de comer y hablar. La fiebre no había bajado mucho, pero al menos respiraba más tranquilo. Mamá había pasado a revisarlo y solo movió la cabeza con esa expresión suya que decía: “Está vivo, pero no lo fuerces”.
En el salón principal, la mesa