La luz del amanecer entraba débil y plateada por las cortinas entreabiertas de la torre, como si tuviera miedo de tocar lo que había quedado de esa noche. Killian seguía dormido, o al menos fingía estarlo. Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada respiración acompañada de un leve siseo de dolor. La venda blanca que mamá le había puesto sobre la herida del pecho ya tenía una mancha roja que se extendía lentamente, como una flor que se abre en el agua.
Yo no había dormido. Me quedé sentada al