La lluvia cesó justo cuando el sol salió, dejando el cielo gris y el aire pesado.
Killian y yo volvimos a la fortaleza caminando despacio, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido para darnos un respiro. Mi vestido rojo estaba hecho jirones, pegado a la piel por la sangre y el agua. La katana colgaba pesada en mi espalda, la hoja todavía tibia por el uso. Killian cojeaba de la pierna herida, pero no soltaba mi mano. Sus dedos apretaban los míos con una fuerza que decía: no te suelto. Nu