La mañana después del faro amaneció gris y pesada, como si el cielo supiera que algo se había roto para siempre.
Me desperté con el cuerpo dolorido en los mejores sentidos: músculos tensos por la noche con Killian, labios hinchados, piel marcada en el cuello y los muslos con huellas que nadie más iba a ver. Me miré en el espejo del baño y sonreí. No era una sonrisa dulce. Era la sonrisa de alguien que acaba de firmar su propia sentencia de muerte y lo disfruta.
Bajé al comedor.
La casa estaba e