(Punto de Vista de Catalina)
El sol de mediodía entraba a raudales por las vidrieras del comedor principal, dibujando rombos de luz dorada sobre la mesa de roble macizo. Yo removía el café sin probarlo, el aroma intenso del espresso italiano, mezclándose con el olor a mar que siempre impregnaba la fortaleza. Dario estaba sentado frente a mí, con la camisa negra abierta hasta el pecho, revelando las vendas nuevas que cubrían la herida superficial de su hombro izquierdo. Tenía una cicatriz fresca