(Punto de Vista de Catalina)
Me desperté con el olor a café quemado y una alarma que parecía la sirena de un barco hundido.
—¡Código rojo! ¡Código rojo! ¡La cocina está en llamas! —gritó alguien desde el pasillo.
Salté de la cama tan rápido que tropecé con las sábanas y aterricé de bruces contra el suelo de mármol. Dario, que dormía como muerto a mi lado, abrió un ojo, me vio desnuda y boca abajo, y soltó una carcajada ronca.
—Buenos días, mi reina. ¿Entrenando para los Juegos Olímpicos de caíd