Dario soltó una risa breve, seca, cargada de algo más que ironía.
—Ah, la mia testarda (mi terca)… —dijo en un murmullo bajo, casi divertido, aunque sus ojos no reflejaban nada parecido a diversión—. Sabes que estás jugando con fuego, ¿verdad?
Odiaba cuando se le daba por hablarme en Italiano, pero no podía negar que su acento me parecía muy atractivo
—Estoy acostumbrada a quemarme —respondí, sin apartar mi mirada.
El silencio que siguió fue pesado.
Mi madre bajó la vista, incómoda ante esa es