Las bodegas del puerto estaban cargadas de un olor metálico, una mezcla entre pólvora, sudor y salitre. Aquellas naves oxidadas y húmedas no eran simples depósitos; eran el corazón del poder de Dario Mancini.
Allí se almacenaban armas, cargamentos de cocaína y heroína, cajas provenientes de contactos en Colombia y Turquía. El mundo entero parecía converger en esos galpones, y cada bala, cada paquete, era dinero y poder que corría por sus manos.
Dario caminaba entre las filas de cajas como si f