La madrugada en Milán tenía un color de metal. La ciudad bostezaba entre sombras y farolas, ajena al pulso de sangre que se movía a través de sus venas: teléfonos que sonaban con órdenes, coches que corrían sin destino, hombres que afilaban silencios como cuchillos. En la mansión Mancini, la noche no era cese, era preparación. Allí donde otros dormían, el monstruo trabajaba.
Dario no estaba en su despacho ni en la sala de mapas. Estaba en el sótano: una estancia fría, con paredes de hormigón de