Andrei
Elise estaba allí, tan hermosa y resplandeciente como siempre, pero no como yo lo deseaba, sino como el mundo la quería. Sus enormes pechos habían desaparecido, dando paso a un cuerpo esbelto, hecho para los demás, excepto para mí.
Y fue ahí cuando me di cuenta de que todo lo que me hacía sentir no era por su cuerpo. Aún deseaba su calidez, su aroma, sus risas y su llanto. Necesitaba tenerla de pies a cabeza, embriagarme con su esencia y nunca salir de allí.
—Elise, mírame, por favor —le