El verano de 1914 no solo trajo el calor sofocante a los valles alpinos, sino el olor a pólvora y el fin de la inocencia. Mientras el mundo de los humanos se fracturaba tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo —un magnicidio orquestado en las sombras por facciones rebeldes y algunos aliados de Baco, quienes veían en la caída del imperialismo austríaco la única oportunidad para liberar a los pueblos oprimidos y debilitar el yugo de las Matriarcas—, la Mansión Filipo-De la Croix se convertía en un mausoleo viviente.
El Invierno de la Sangre y la Plaga
Los primeros años de la guerra fueron un festín para la muerte. Mientras Andrea y Kael eran enviados al frente bajo el estandarte austrohúngaro, la población civil comenzó a sucumbir no solo al hambre, sino a enfermedades que la ciencia de la época no lograba descifrar. La tuberculosis y el tifus fueron solo el preludio. Para 1918, la Gripe Española se extendió como un incendio forestal, una plaga que, extrañamente,