El verano de 1914 no solo trajo el calor sofocante a los valles alpinos, sino el olor a pólvora y el fin de la inocencia. Mientras el mundo de los humanos se fracturaba tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo —un magnicidio orquestado en las sombras por facciones rebeldes y algunos aliados de Baco, quienes veían en la caída del imperialismo austríaco la única oportunidad para liberar a los pueblos oprimidos y debilitar el yugo de las Matriarcas—, la Mansión Filipo-De la