Las dudas no se hicieron esperar. La balanza se inclinaba entre un auto que valía miles de dólares o la vida de su líder y algún otro camarada. Aquellos sujetos sabían a la perfección que el arma no poseía balas infinitas y ellos eran un grupo numeroso de hombres, de todos los tamaños y contexturas, que se movían como zombis con una única finalidad.
—Apártense. ¡Ahora! —ordenó Enzo, indicándole a Valeria con la mirada que se mantuviera justo a su espalda. Y así lo hizo.
La mujer temblaba de lo