Apenas el auto se detuvo frente a la entrada del hospital, Valeria salió del vehículo, dio la vuelta con rapidez y abrió la puerta del copiloto.
—Vamos, Enzo —no podía controlar el temblor en su voz, aunque intentaba mostrarse fuerte, pero eran demasiadas emociones juntas.
Él se apoyó ligeramente en su brazo, conteniendo un gemido de dolor que se le escapó como un jadeo ronco. Caminaban y, aunque él trataba de mantenerse erguido, era evidente que cada paso le provocaba una punzada en el costado