Afghanistan era un maldito desierto de arena y viento.
Era una noche sin luna, perfecta para la operación. Lideraba el equipo Alpha: seis agentes altamente entrenados, visores nocturnos, silenciadores, movimientos precisos para no ser detectados.
El complejo era un viejo fuerte reconvertido en mercado negro: paredes de adobe reforzadas, guardias armados con AK-47, y en el sótano, las jaulas. Diecisiete mujeres, algunas adolescentes, secuestradas de pueblos cercanos, destinadas a la trata blanca. Los pasos a seguir eran claros: entrada por el túnel norte, neutralizar centinelas, extraer a las víctimas en menos de doce minutos.
—Alpha Dos y Tres, flanco izquierdo. Cuatro y Cinco, conmigo. Sasha, cubre la retaguardia —susurró Erick por el comunicador.
Todo iba según el plan. Los primeros guardias cayeron con disparos silenciados directos al pecho, los cuerpos eran arrastrados en las sombras para no alertar al resto. Bajaron las escaleras del sótano. Las mujeres los miraron con ojos