—¿Tú… Tú dónde has estado? —tartamudeó, tenía las manos aún en el rostro de él como si temiera que desapareciera si lo soltaba.
Erick respiró hondo, cansado, luego de un largo y agotador viaje. Se sentó en la cama con cuidado, atrayéndola hacia su pecho. Su mano grande volvió a posarse sobre su vientre, sintiendo un movimiento suave de la bebé, como si ella también reconociera a su padre.
—Creí que nunca volvería a tocarte —murmuró él—. Pensé que había muerto ahí abajo.
—Cuéntame —susurró ella, acurrucandose contra él y escuchando el latido fuerte de su corazón. Era real. Estaba vivo de verdad—. Por favor. Necesito saber.
—Cuando el techo cayó… todo se volvió negro —cerró los ojos un segundo, recordando—. Desperté bajo los escombros, con una viga aplastándome la pierna y el hombro dislocado. Sangraba mucho. El aire era polvo y humo. Cavé con las manos durante horas, rompiéndome las uñas, hasta abrir un hueco lo bastante grande para arrastrarme. Salí por un conducto lateral que nadie