Su padre no había tardado en revisarla entera, asegurándose de que no estuviera lastimada. La culpa la carcomía, así que les pidió que se sentaran para poder explicar lo que sucedió.
—No fue un secuestro —comenzó.
—¡¿De qué hablas?! Te llevaron en contra de tu voluntad, Celeste. Todos lo vimos.
Negó suavemente.
—No puede decirse que sea un secuestro cuando deseaba fervientemente que me sacaran de esa iglesia —se sinceró—. No quería casarme con Francisco, pero no sabía cómo decirlo. Cuando me di