Una semana después, Celeste decidió que era hora de dar el segundo paso.
—Mis padres quieren conocerte —dijo una noche, mientras él le masajeaba los pies hinchados en el sofá. Se mostraba bastante concentrado en la tarea y no se alteró ni un poco ante sus palabras—. Mi padre especialmente. Está… preocupado. Pero sé que cuando te conozca, cambiará de opinión.
—Cuando tú digas —asintió sin dudar, moviendo sus manos expertamente—. Quiero hacerlo bien esta vez.
Y así la cena se organizó en la mansión Dubois al día siguiente.
Celeste estaba nerviosa; su padre tenía fama de intimidante. Su madre era más cálida e intentaba suavizar el ambiente con sonrisas y anécdotas, pero sin que desapareciera del todo la desconfianza en su mirada. Era comprensible había hablado de Erick ya en varias ocasiones y nunca lo había traído a casa. De hecho, ya estaba próxima a dar a luz y ahora era que lo estaban conociendo.
Pero él se estaba desenvolviendo bien, saludó con respeto, estrechó la mano de su padre