El silencio en el último piso de la agencia era diferente esa tarde. No era el silencio productivo de un día de éxitos, sino una calma tensa, cargada de una electricidad que amenazaba con hacer saltar los plomos del edificio. Massimiliano Fitzwilliam estaba sentado tras su escritorio, pero su mente no estaba en los gráficos de rendimiento ni en las proyecciones de mercado. Sus ojos zafiro estaban fijos en un punto indeterminado de la pared, mientras el peso de la revelación de los mellizos le o