El tintineo familiar de las puertas del ascensor al abrirse en el piso de diseño marcó el final del asilamiento de Alisson Harper. Había pasado casi una semana entera encerrada en su departamento, cumpliendo a rajatabla el reposo absoluto ordenado por el médico. Una semana de silencio, de vitaminas, de asimilar que su cuerpo era ahora el refugio de dos vidas diminutas, y de construir una muralla de acero alrededor de su corazón para que el nombre de Massimiliano Fitzwilliam no la destruyera.
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